Aquí, bajo el celeste rocío, florece un día tras otro el narciso de hermososracimos, antigua corona de las dos grandes diosas, y el azafrán de resplandores de
oro. Y las fuentes que no descansan, las que reparten las aguas del Céfiro, no se
consumen, antes bien, cada día sin dejar uno, corren fertilizando con rapidez en
inmaculada corriente por los llanos de esta espaciosa tierra. Y no la detestan los
coros de las Musas ni Afrodita la de las riendas de oro.
Existe un árbol cual yo no tengo oído que haya brotado nunca en la tierra
de Asia ni en la gran isla dórica de Pélope, árbol indomable que crece espontáneamente,
terror de las lanzas enemigas, que abunda en esta región por doquier: el
glauco olivo que alienta a nuestros hijos. Ni un joven, ni quien se encuentra en la
vejez, podría destruirlo aniquilándolo con violencia. Pues el ojo vigilante de Zeus,
protector de los olivos, lo observa siempre así como Atenea, la de brillante mirada.
Sófocles, fragmento de Edipo en Colono















































