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Los ojos del Auriga, Jesús Ferrero
Auriga de Delfos, fotografía 0btenida de la red.Un invierno estuve en Delfos. Nevaba copiosamente. Cuando descendí del autobús procedente de Atenas no había visibilidad a partir de dos metros y hacía un frío tétrico. Cené junto al fuego de una chimenea.
A la mañana siguiente abrieron el museo para mí y dos alemanes. Me impresionó el Auriga. Probablemente es una de las estatuas que más me ha impresionado en la vida. Pero no sirve de nada verla en fotografía, hay que verla al natural, estar junto a ella, sentir su respiración.
Da igual que le falte un brazo y de que el tiempo le haya robado el carro y los caballos que lo precedían. Está mucho más vivo que la persona que pudo haber servido de modelo, y que murió hace miles de años.
Es difícil saber por qué en cuanto uno permanece unos instantes junto al Auriga siente que ha entrado en una extraña intimidad con él, con su mirada tranquila y concentrada.
No es un auriga que vaya con los caballos al galope, más bien parece que van trotando por un camino elíseo, pero no se percibe en él sentimiento alguno de triunfo, tampoco de derrota. Sólo hay tranquilidad y concentración. Está mirando hacia afuera pero también hacia dentro. Y es esa fuerza dirigida hacia interior, tan característica de la mirada del Auriga, lo que más arrastra.
A las doce del mediodía ya me iba a ir de Delfos y seguía nevando. Un taxista borracho me propuso llevarme a Atenas. Percibí en mi interior la mirada del Auriga y me negué a subir al coche. Lo hicieron por mí los dos alemanes que me habían estado siguiendo por el museo como dos heraldos negros que estuviesen contando mis pasos. Les supliqué en español que no subieran. O no me entendieron o no me quisieron entender.
Al día siguiente vi sus fotos y la del taxista en la página de sucesos de un periódico de Atenas. Desde entonces siempre que estoy en Grecia me voy a ver la estatua que respira, de la misma forma que siempre que estoy en China voy a ver el Buda del Palacio de Verano. Extraños amigos que no mueren nunca y que me saludan desde el futuro, como si en ellos el túnel del tiempo se hubiese invertido y ya me estuviesen mirando desde un ayer por venir, que me hace sentirme perdido en el espacio y el tiempo y a la vez muy dentro de mí.
En ese mismo estado en que parece hallarse el Auriga, de atención flotante y a la vez concreta, hacia el interior y el exterior, hay que ubicarse cuando nos ponemos a pensar, y aquel día en Atenas me puse a pensar como pocas veces en mi vida.
Jesús Ferrero
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sábado, octubre 08, 2011
Retorno
El humo de Ítaca
¿Hay un hogar? ¿Se parte de algún sitio?
Siempre de las ruinas, pero exigen
las ruinas hogar un día construido.
Se parte de algún sitio, del derrumbe
del manto, de la saya
caída,
de la camisa rota,
del ánimo cortado por no se sabe qué,
por no se sabe quién.
Y se encamina uno hacia el pasado.
Jorge Urrutia.
sábado, octubre 01, 2011
miércoles, septiembre 28, 2011
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sábado, septiembre 03, 2011
jueves, septiembre 01, 2011
Sobre Fleurs, Mariano Serrano en ABC
La acuarela, según su etimología, es un procedimiento de pintar en el cual interviene el agua. De todas las técnicas pictóricas es la única que se pinta totalmente por transparencia. Su soporte, universalmente adoptado, es el papel y es el blanco del papel el que proporcionará la luz de la composición. La gran dificultad de la acuarela es que se ha de trabajar con pinceladas definitivas porque si se intenta insistir para rectificar, los colores se «embarran».
En Toledo siempre han existido grades acuarelistas, recordemos a Bacheti, Pintado, Arellano y el actual Julio González Ávila. Cada uno con su peculiar manera de ejecutar la acuarela pero todos con una calidad técnica y artística inigualable. Pues a este linaje de artistas se incorpora, con total merecimiento, José Antonio García Villarrubia. Todos ellos interpretaron a Toledo captando sus paisajes y rincones en luminosas composiciones con su propia identidad. G. Villarrubia también lo hace, como pudimos admirar en su última exposición «Oppidum» en Santa María de Melque. Allí nos mostró todo un recital de vistas toledanas, panorámicas, puertas y murallas con un tratamiento muy personal de la acuarela. Paisajes de tonalidades cuasi monocolor, donde las luces, las sombras y los volúmenes protagonizan la armonía de la composición. Algunos, sumergidos en la brumas del Tajo durante esas mañanas en las que un velo de luz envuelve las edificaciones, y sus perfiles se funden en una nebulosa cuado el sol pugna con la niebla, que sube del río, tratando de iluminar la Ciudad. Para captar esa atmósfera hay que haberla vivido y contemplado como ha hecho Villarrubia. En esa muestra ya pudimos sorprendernos con una concepción nueva y distinta de la acuarela tradicional.
En el arte, cuando un autor es capaz de identificarse por su obra sin necesidad de firmarla, es que ha logrado una personalidad artística, difícil de conseguir si no es con calidad, oficio y genio. Y este es el caso de G. Villarrubia. Ahora su característico estilo lo consagra al culto de las flores, armonizando la delicadeza cromática de los pétalos y las hojas con la suavidad de su textura y la atmósfera que las rodea. De nuevo la «atmósfera». Es la singularidad de las acuarelas de G. Villarrubia; el colorido confiere a sus composiciones éter, aire en el espacio. Y nos encontramos con una sucesión de conjuntos florales: lilas, margaritas, azucenas, rosas, hortensias, calas; inmersas cada una en su entorno. El autor titula a su muestra «Fleurs», poética denominación en su fonética para revelar la poesía que ha pretendido ofrecer con cada uno de sus cuadros.
Contemplando esta exposición recordé el artículo «Cultura de la obra de arte» del filósofo Eugenio Trías, diciendo: «Cuando me pregunto por el estado de nuestra cultura, una cultura en crisis -y una cultura de la crisis- siempre mantengo la no defraudada esperanza de que en el instante más desatendido, o en el momento más inoportuno, aparecerá, aquí, allá, una furtiva obra de arte que acabará convenciéndonos por la luz que late en su interior» Porque en medio de las manifestaciones artísticas que cada día nos consternan, las acuarelas de José Antonio G. Villarrubia son como una bocanada de aire puro procedente de la luz que late en el interior de su arte.
Los amantes de la pintura no deben pederse esta exposición en la Galería de Arte Ar+51 de la calle Venancio González 13 en Toledo.
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